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The

Jerusalem

Biennale

Tribute To Rosa Wainraich

Espanol - Original Verison

00:00 / 17:17

Exequiel se queda mudo frente a la evidencia. Lo veo a él y al polaco, los dos encorvados sobre la pantalla, en un café de Cracovia. No es cualquier café y lo que miran no es cualquier documento. Es un café antiguo, un poco oscuro, en el barrio de Kazimierz, el barrio judío de la ciudad. El polaco que nos acompaña es genealogista, y es él quien señala el nombre del pueblo. Ese es el momento en que Exequiel descubre de dónde era su familia. Vino a Polonia para esto, por primera vez. Un nieto vino para hacer el homenaje conmigo. Íbamos a ir juntos a Chełmno, el pueblo de su abuela. Teníamos todo listo hasta que en nuestro camino se cruzó Joanna, una chica de Cracovia. Soy rulodeviaje, y esto es homenajes en la ruta de las bobes.
La idea del homenaje surgió varios meses atrás, cuando Sebastián me contactó por un homenaje a su abuelo Rachmil. Su primo Exequiel se enteró y quiso sumar a su abuela Ruchla. Un homenaje de dos primos a dos abuelos que eran hermanos.
Exequiel me dice que el pueblo se llamaba Gemdgdow. Así figura en los archivos en castellano. Y yo les explico que ese nombre no tiene sentido en polaco, que no sé qué ciudad puede ser. Exequiel, que está en Italia, dice que quiere viajar, venir a Polonia y hacer el homenaje conmigo. Llega a Cracovia un martes. Estamos a tres días del homenaje y el pueblo de la abuela Ruchla no existe. Hace meses que no existe. Pero ahora el nieto está al lado mío y yo estoy nervioso, porque apenas lo conozco, y porque por primera vez en la historia de La Ruta de las Bobes, un nieto viaja conmigo. Siento la presión de ser anfitrión en un lugar que no es mío. Exequiel pisa Polonia por primera vez, y yo lo veo, veo cómo mira los edificios, cómo siente el olor de la comida. Es pura euforia y sensibilidad. Entonces necesito que pasen las cosas que pasan cuando voy solo a los pueblitos, que todo salga bien. La semana es un caos. El homenaje se me junta con una charla que tengo que dar en Cracovia y con la visita de un amigo. Las fechas están ajustadísimas. Tenemos que ir al pueblo el viernes y no hay margen de error.
Estamos a martes y no sabemos adónde ir. No hay homenaje. Trato de descifrar por fonética, ponerme en los oídos de un argentino de 1920. Descompongo los sonidos, suavizo la palabra. Paso de Gemdgdow a Geumdo, de ahí a Chełmno, que alguien que no habla polaco y lee el nombre en castellano leería Chełmno. Le preguntamos a polacos a qué les suena Gemdgdow, y todos dicen Chełmno. Tiene que ser ahí. El tema es que si vamos y no es, ya no hay tiempo para ir a otro lugar. ¿Nos la jugamos por Chełmno? Exequiel dice que sí. A la noche vamos a un bar de vinos. Empezamos a pensar el viaje, quizás el más importante de su vida. Es todo emoción. Y yo invito a Joanna. Joanna es como un ángel de la guarda, me ayuda siempre, escucha siempre mis historias. Le contamos el plan, de cómo desciframos Chełmno, así, todo orgullosos.
Ella brinda, después duda. Y después nos dice que no, que no vayamos a Chełmno, que mejor hablemos con un amigo suyo, un genealogista. Lo llama y el tipo, así de la nada, nos cita en un café al día siguiente, el miércoles a las nueve de la mañana. A las ocho cincuenta ya estamos en el punto de encuentro. Nos encara en la calle un polaco que ni nos dice hola. "¿Son ustedes los de la reunión?" pregunta. Le decimos que sí. Y como el café que propuso está cerrado, sugerimos ir al de al lado. Jakub, así se llama, dice que no, que esperemos acá hasta que abra. Nos quedamos los tres parados. Él apenas nos habla. No nos pregunta qué nos parece Cracovia, nada. No sabemos si nos quiere ayudar o si piensa cobrarnos. A las nueve en punto abre el café y entramos a Alchemia. Jakub nos pide información.
"¿Qué es lo que tienen?" dice. Sabemos que eran seis hermanos. Rachmil y una más nacieron en Zawiercie. Ruchla y los otros tres, en Gemdgdow. No sabemos por qué, en medio, la familia se mudó. El genealogista saca una hoja, dibuja el árbol. Después ya sí abre su computadora. Es como una máquina de las raíces. Está metidísimo en una web de archivos históricos digitalizados, hojas en cursiva antigua escaneadas. Va año por año, buscando nombres en los pueblos de esa región. Busca a cualquiera de los seis hermanos Wajnrajch. Chełmno ya está descartado. Ahora creemos que el pueblo es Jędrzejów. Creemos eso porque apareció en un documento de la bisabuela y está en la misma región, y porque Gemdgdow y Jędrzejów suenan tan parecidos, tan impronunciables los dos. Y Jakub nos pide paciencia. Necesita pruebas, encontrar el dato. Pasa una hora, y el momento nos toma distraídos, porque estas cosas nunca se dan cuando uno presta atención.
Jakub golpea la mesa y grita: "Acá están." Nosotros nos sobresaltamos. Encontró a un hermano de Ruchla y Rachmil. Todo coincide. "Eran de Jędrzejów," dice. La familia vino de ahí. Yo veo cómo Exequiel se desarma, cómo ve los nombres en la pantalla y se desarma. Ve su historia en un archivo de cien años atrás. Después de toda una vida de no saber, ahora puede decir: mi abuela era de acá. Llora frente a la pantalla en un café de Cracovia. Después nos abraza, abraza a Jakub, que por primera vez se ríe. Faltan dos días para el viernes, para ir a hacer el homenaje, y ya sabemos adónde ir. Parece que dimos un paso gigante, pero todavía no hicimos nada. No tenemos idea de lo que nos espera en Jędrzejów.
Federico llega a Cracovia la mañana en que Exequiel descubre que su familia era de Jędrzejów. Fede no tiene nada que ver con Exequiel. No son familia, ni siquiera se conocen. Es un amigo mío que vive en España y quería participar de un homenaje. Yo le dije que sí. Y ahora dudo, porque por primera vez el homenaje es producir el viaje para otros, y a la complejidad logística se le suma la presión de que se caigan bien. Me doy cuenta de que son muy distintos. Exequiel es medio hippie. Fede viene del mundo del marketing y me habla del modelo de negocios del proyecto. Vamos a compartir el departamento los tres. Vamos a viajar los tres juntos. Y es como que de entrada busco tutelar su interacción.
No hace falta. Desde el momento cero, Fede pide la historia completa, ver el árbol, las fotos familiares. Exequiel se muere por contar de su abuela. A Fede no le interesa hacer turismo en Cracovia, sino que se pone al servicio del homenaje. "Vino para esto. Estoy para lo que haga falta," dice. Debatimos el homenaje en cafecitos, lo planificamos en bares de vinos. Tratamos de pronunciar Jędrzejów y no nos sale. Probamos mil veces y nos reímos de que no nos sale. Somos tres boludos riéndonos de todo, celebrando todo. En un restorán, una camarera rompe un plato y los tres festejamos. Le pedimos el plato roto. "Es el destino," decimos. "El plato elegido." Ella no entiende nada, y primero se ofende. Después le explico el proyecto y se emociona. Vamos de gira por Cracovia con un plato roto, un poco con espíritu de viaje de egresados.
Y yo les presento a mis amigos, los hago parte de esta vida de viaje por Polonia. Comparto lo difícil y el know-how, abro los secretos de La Ruta de las Bobes. Y se siente tan bien viajar así, que la memoria sea también esto, y en grupo. En apenas tres días, Cracovia ya es nuestra. Café Alchemia es un clásico. La vinoteca de Karolina, nuestro santuario. Estamos en la semana del festival judío, en medio de conciertos y eventos. La ciudad vibra en ídish, y nosotros nos sumergimos en esa conexión ancestral. Nos rodea un clima que es de fiesta, pero que cala en lo más profundo de la identidad. Es como una realidad paralela, una Polonia impensada.
Exequiel está como si flotara por los lugares, y no sabe que La Ruta de las Bobes empezó a mover sus engranajes. Porque Joanna se me acerca en un concierto y me dice que encontró por Facebook a Klaudia, una chica de Jędrzejów interesada en la historia judía del lugar. Klaudia está en Cracovia y quiere vernos. "¿Cuándo?" "Ahora," dice Joanna. "Llega en diez minutos." Y como Exequiel no está alrededor, hablamos en privado con Klaudia, Fede y yo. Ella nos pasa un contacto, un tal Jan. "Escribile ya mismo," dice. "Él los puede ayudar." Y como Jan no habla inglés, chateamos usando el traductor. De lo que hablamos con Klaudia y con Jan, a Exequiel no le contamos nada.
El viernes a la mañana nos tomamos un tren a Jędrzejów. A mitad de camino, Exequiel saca unas hojas escritas a mano, una historia que escribió sobre sus abuelos. Él nos lee, nosotros escuchamos. Adentro del vagón es como si no hubiera nadie más. Afuera, las casitas y el campo. Afuera, Polonia. Cuando faltan diez minutos para llegar al pueblo, decidimos contarle. "Mirá, Exequiel, esto es lo que va a pasar en Jędrzejów. En la estación nos va a esperar un profesor de historia de la escuela, un tal Jan. Como no habla inglés, va a venir con un alumno. Nos van a llevar al museo de la ciudad, después a la calle donde vivía la comunidad judía y estaba el gueto. Vamos a ir al cementerio y a la escuela." Le enumeramos la sorpresa que le armamos en un día, gracias a la ayuda de Klaudia. Exequiel nos mira y no lo cree. Hace dos días no sabía ni de dónde era su familia, y ahora hay un maestro que nos espera en la estación. Hay también una calle donde sabemos que su familia tenía negocio. Lo que no hay es tiempo de espera, porque el tren frena y el pueblo está ahí, al otro lado del vidrio, asomando en el andén.
A veces La Ruta de las Bobes es como vivir un sueño. El tiempo sigue otra lógica: el día dura un suspiro, y al mismo tiempo, en el pueblo, todo se da lento. Así es en Jędrzejów desde el momento en que nos recibe un señor vestido de negro en el andén. Nos saluda con un shalom, y ya en el auto pone música en hebreo. El pueblo se proyecta como un film que corre por la ventanilla, la música, nosotros con las manos en el vidrio, en una cápsula del tiempo, junto a este profesor de escuela que se llama Jan. Jan no es de Jędrzejów, sino del pueblo de al lado. Vino especialmente. Con él está Mateusz, un alumno de catorce años que se ofreció como traductor porque quería practicar su inglés. Primero nos llevan a la calle Pinczowska, porque sabemos, gracias a Jakub, que ahí la familia de Exequiel tuvo una mercería y una verdulería.
Vemos una verdulería y nos emocionamos. Le sacamos fotos como si nunca hubiéramos visto una. Caminamos por una calle que apenas cambió con los años, y Jan nos dice en polaco: "Esta puerta tiene más de cien años. Este edificio es el mismo." Todos vemos cómo Exequiel apoya la palma en la vereda, acaricia un picaporte. Si pudiera, acariciaría toda la calle. Atravesamos portones que nos conducen a patios internos. Es un barrio viejo, viejísimo, un barrio en el que floreció la vida y después fue gueto. Ahora es lo que es. Hay vecinos que nos ven llegar, y Jan les explica: "Su abuela era de acá." Y un tipo nos abre una puerta que da a un sótano, un sótano en donde se guarda leña, pero que tiene pasillos y que seguro, dice, fue escondite durante la guerra. Después vamos al museo, al cementerio judío, una jungla y ruinas que, con esfuerzo, Jan y sus alumnos se ocupan de mantener.
Vamos con Jan y Mateusz pegados a nosotros. Jan hace todo con gesto paternal. Yo le hablo bajito, como si fuéramos encargados de Exequiel. "Vamos más lento," le digo. "Exequiel es sensible." "Me dice él," yo lo veo, y no lo creo, porque hace tres días no sabíamos ni el pueblo, y ahora Exequiel y Jan se abrazan, caminan abrazados las calles de la ciudad. Un homenaje no es un viaje cualquiera. Por momentos es delicado y doloroso, por momentos es una celebración. Y hay que saber moverse en ese suelo. Para mí, por primera vez, es dar un paso al costado, guiar el homenaje y correrme, es estar y no estar. También pensar en los tiempos. Soy el único que piensa en los tiempos, en que hay que hacer el plato, elegir el lugar, la hora del último tren, manejar la intensidad. Y con Jan, esto es tan intenso que necesitamos estar solos por un rato.
Lo más difícil de los homenajes es negociar la hospitalidad. ¿Cómo se le dice a alguien que te dio todo, que es tiempo de seguir solos? Lo hacemos durante el almuerzo y con delicadeza. Jan insiste, después accede, solo si Mateusz nos acompaña al final del día hasta la terminal de tren. Mateusz, que come como pichón de mamut, asiente. Ahora sí estamos solos, y sobreviene una sensación de desprotección, pero también de adrenalina. Estamos cara a cara con Jędrzejów. Exequiel dibuja los nombres en el plato. Después vamos a la escuela. Ese es el lugar elegido para el homenaje, una escuela que tiene más de cien años y en la que estudió la bobe Ruchla. La escuela está cerrada por vacaciones, así nos dijeron a la mañana cuando nos cruzamos al director por la calle. "Vuelvan otro día," dijo el director. No hay otro día. Fede va directo a la entrada, abre la puerta y nos mandamos. Solo está la señora de limpieza. "Cinco minutos," le decimos. "Pięć minut." Ella se encoge de hombros, y para nosotros todo se vuelve una aventura.
La escuela todavía tiene paredes de machimbre y cuadros viejos de egresados. Estamos apurados, pero vamos lento. En eso, Exequiel se sienta en las escaleras. "Estoy en la escuela de mi abuela," dice. Cierra los ojos, respira todos los recreos de Ruchla, respira otra vez y revive sus parciales. El tema ahora es ver dónde dejamos el plato. ¿Adentro de un aula, en una vitrina con trofeos? Exequiel no se decide, y subimos un piso, otro más. Estamos en un pasillo antiguo, con cuadros de alumnos de los años veinte. Y ahí veo una planta contra una ventana, y se la señalo. Exequiel se acerca, mira la planta, la toca, mira por la ventana. "Es acá," dice. Con Fede nos alejamos, lo dejamos solo con la planta. Él apoya el plato entre las hojas. Nos quedamos en silencio unos minutos y nos vamos.
Cuando creemos que podemos pasear un rato por el pueblo, nos damos cuenta de que son las cinco, que ya pasó todo el día y se nos va el tren. El tiempo se acelera de nuevo. Jędrzejów se acaba, eterno y abrupto, como un sueño.

Este relato es una coproducción del Museo Judío de Buenos Aires y la Embajada de la República de Polonia en Buenos Aires, para La Ruta de las Bobes.

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